En los albores de la modernidad, si es que se me permite el término, el hombre inventó un mecanismo político Estado para que lo administre en comunidad, lo organice y le proteja. Para hacer realidad esos conceptos, organizó los oficios y a través de Constituciones y leyes, los organizó en trabajos.
La tramitología normal para crear una empresa, se ha convertido con el paso de los siglos, en un listado tan complicado de cumplir, que hace unos años alguien lanzó el término tramitomanía y le cayó como anillo al dedo.
Trabajar se ha convertido en el sueño del niño de 13 años de los estratos 0 a 3, y en una obligación para los de 14 años y más años, conscientes que deben ayudar a sus padres para que la familia no muera de hambre y necesidades.
Es difícil de comprender cómo el ciudadano colombiano tiene que defenderse de su propio Estado para que no lo ahogue en un mar de impuestos.
El trabajo nació para que el hombre sobreviviera. Al principio el trabajo consistía en recolectar las frutas y plantas. Después el trabajo se desarrolló conforme la sociedad ganaba complejidad, pero hoy es difícil comprender cómo el Estado colombiano en vez de propiciar y fomentar suficiente empleo digno para que todos los ciudadanos puedan crear empresas, les obstaculice ese derecho con certificaciones – a las que hay que pagar-, requisitos engorrosos -a los que muchas personas no pueden acceder- y costosos impuestos -que muchos ciudadanos no pueden pagar-.
Gustavo Enrique Bossio Jiménez
Foto: cuartoscuro – animalpolitico.com
