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Desarmar los espíritus

por Redacción: Noticias Coopercom

Por Víctor Herrera Michel

Es la expresión que una y otra vez nos repetía en las entrevistas Monseñor Víctor Tamayo –Obispo Auxiliar Emérito de la Arquidiócesis de la Iglesia Católica en Barranquilla– quien, por cierto, acaba de ser objeto de un muy merecido homenaje por parte de las autoridades eclesiásticas, civiles y militares de la ciudad.

La expresaba el sacerdote como la primera recomendación para la adopción de una actitud necesaria y pacífica cuando le consultábamos periodísticamente sobre algún caso de violencia de esos que hemos estado observando, más de lo que quisiéremos, en los últimos años hasta el punto que parece estarnos acostumbrando sino fuera porque cada vez hay más crueldad e impacto en los mismos.

Y no solo es a nivel de la ciudad y del país. Acabamos de presenciar lo sucedido durante las últimas semanas en los Estados Unidos en donde varios menores de edad han cometiendo variados crímenes en escuelas, iglesias y sitios públicos con una planeación anticipada y detallada de cómo van a cometer los múltiples asesinatos de niños, profesores, religiosos, negros, etc., amparados, por supuesto, en la muy cuestionada facilidad que tienen los ciudadanos de ese país, desde temprana edad, para adquirir legalmente armas que van desde pistolas convencionales hasta fusiles de largo alcance. Todo ello como producto de un negocio muy lucrativo de venta de armas.

En Colombia, la Constitución Nacional en su artículo 223 nos dice que el monopolio de las armas lo ostenta el gobierno. Sin embargo, sabemos por el nivel de violencia que observamos a diario, que son muchísimas las armas – convencionales o hechizas – que circulan de manera clandestina entre la gran mayoría de la población, sobre todo en las zonas de mayor inseguridad.

Como lo describe magistralmente Hernando Gómez Buendía, actual director del portal Razón Pública, en su reciente y magnífico libro “Entre la Independencia y la Pandemia en Colombia, 1810 a 1820”: “…Las estadísticas y estudios comparativos confirman que los altos niveles de violencia no han sido una excepción sino más bien una constante en la historia de Colombia, donde las luchas sociales, las economías ilícitas, la delincuencia organizada y la criminalidad ordinaria se han conjugado con los conflictos propiamente políticos hasta hacer de nosotros un país singularmente violento…”

Aquí tenemos todo tipo de violencia: política, social, religiosa, laboral, intrafamiliar, étnica, subversiva, institucional, comercial, criminal, cibernética, colegial, etc. Todo queremos arreglarlo con violencia. Aplicando la ley del más fuerte, del más poderoso. De hecho, ni siquiera hemos podido implementar el “Acuerdo para la Terminación del Conflicto Armado y la Construcción de una Paz Estable y Duradera” firmado hace más de un lustro entre el gobierno nacional y las guerrillas de las Farc, después de 52 años de una cruenta lucha armada.

Todo ello nos debería llevar a repensar al país y a cimentar un propósito nacional no solo para establecer, de manera proactiva, las responsabilidades que han tenido los diferentes estamentos de nuestra sociedad –gobernantes, empresarios, educadores, políticos, religiosos, ciudadanos, familias, etc.– en la formación de una nación tan violenta sino, mucho mejor, para rediseñar el papel que cada uno debe jugar en adelante para la construcción de un camino de reconciliación y de nuevo comienzo.

Como expresa el último párrafo del interesante libro “Vamos” que acaba de lanzar Luis Alberto Moreno, presidente del BID por 15 años: “… Ningún lugar es irrecuperable. Con coraje conocimiento y espíritu emprendedor, toda nuestra región es capaz de dar el más espectacular de los giros, hasta sorprender incluso a los más cínicos. Depende de nosotros hacerlo realidad. Depende de nosotros reinventarnos…”

@vherreram